Cap. 3: Пожалуйста. (¡Payalsta!)

bulevard dacia chisinau moldavia

El ATR 42-500 de Tarom Romanian Air Transport tampoco tenía ganchillo en los reposacabezas. Ni tampoco había moldavos viajando con gallinas. En su lugar, familias normales y corrientes con sus hijos y personas de diversa índole que volvían a su país. Y dos españoles a los cuáles todo el mundo miraba extrañados antes de embarcar. Moldavia acoge a unos 5.000 turistas anuales. Por lo tanto, nosotros representábamos el 0,04% del total. Una cifra nada desdeñable si tenemos en cuenta los millones de viajeros que reciben el resto de países occidentales. Los únicos que no hablábamos rumano, moldavo y ruso dentro de ese autobús con alas y dos hélices.

A 26.000 pies de altura apenas se veían luces en la calle. Es lo primero que nos llamó la atención en comparación con otros vuelos por el continente. Aquel panorama se asemejaba a la España despoblada de la que tanto hablan los políticos en campaña electoral. Apenas cuatro aldeas pudimos contar desde nuestra ventana en la penúltima fila de aquel avión. Entre tanto, nos ofrecieron el mismo vino, la misma cerveza y el mismo agua, con gas y sin gas, que durante el viaje Madrid – Bucarest. Y también el mismo bollito. “La única cena de hoy”, reflexioné pese a que Koldo seguía pensando que podría llevarse algo a la boca a su llegada a Chisinau. «No sé si se piensa que va a tener a su disposición una tienda de chinos 24 horas».

Tan pronto como comenzamos el descenso aquel cacharro con más de 30 años de antigüedad comenzó a tambalearse de manera sobrevenida. El miedo a volar ya no era disimulable y los apoya brazos rotos, incapaces de mantenerse en posición erguida, no ayudaban a calmar los nervios. El reposa cabezas de delante fue mi asidero. Si molesté a su ocupante no me enteré debido a la barrera idiomática. Si alguien se rio de nosotros, tampoco nos enteramos.

Tras un vertiginoso descenso y con la sensación de caer en picado tocamos tierra. ¡Por fin pisamos Chisinau! Una ciudad que estudias en el colegio cuando te obligan a aprenderte las capitales de Europa y que jamás te imaginas que vas a visitar. El plan estaba claro: coger un taxi dirección a nuestro hostal, el Retro Moldova Hostel y descansar hasta el día siguiente. Al ser las 23.30 horas ni nos planteamos mirar si había autobuses hacia el centro de la ciudad. Tampoco teníamos muy claro siquiera si había transporte nocturno.

Antes de salir de la terminal vimos a un señor enjuto, entrado en edad, boina en la cabeza color gris. No hizo falta acercarnos a él. Con paso vivo, no propio de su edad, se acercó hacia nosotros. «¿Taxi?», nos preguntó. No había lugar a dudas. Su supuesta licencia de taxista colgada al cuello delató sus intenciones. Seguro que nosotros con nuestras mochilas al hombro también. La parada de taxi sí estaba bien señalizada. Además de los cuatro coches que contamos allí. No obstante, el paisano nos llevó al parking del aeropuerto. Abrió el coche y nos metió a dentro. No había taxímetro. Ni cartel de taxi. Nada. Arrancó, pagó el ticket del aparcamiento como cualquier otro usuario y comenzamos nuestro viaje hasta la calle Puskin, dónde se encontraba nuestro alojamiento.

Koldo abrió en su teléfono la aplicación Maps.me para seguir el recorrido en tiempo real. Más tarde confesó que lo hizo por seguridad. El primer sobresalto llegó nada más salir del aeropuerto. Nuestro chófer detuvo el coche en un arcén. «Recién aterrizados y ya nos van a robar», pensé. A mi acompañante no se le veía nervioso. Fisgaba al conductor con curiosidad. A nuestros lados, un pequeño bosque y oscuridad. Había farolas, pero no estaban encendidas. El supuesto taxista, llamémosle Andrei, -desconozco su nombre real- sacó su smartphone de hace diez años marca Samsung y marcó un teléfono. Al otro lado contestó una voz varonil, joven. Andrei comenzó a discutir con su interlocutor en un idioma que en un principio creíamos que era Moldavo, aunque no sonaba a lengua de origen latino. La conversación se alargaba, cada vez en un tono más elevado, cuando Koldo me recordó que nuestras mochilas estaban en el maletero.

-Retro Moldova Hostel. Strada George Coșbuc, Coșbuc , le espetó Koldo viendo que
aquella situación no avanzaba.
-¿Qué cojones hacemos aquí? ¿Qué pasa?, le pregunté en busca de alguna
respuesta coherente.
-¿Ves ese bosque? Aquí nos sacarán los órganos, respondió medio en broma
medio en serio. Su cara no destilaba demasiadas garantías. -Ni idea. En serio.
Esto no me había pasado nunca. Creo que está preguntando al tal Denis, la persona con la que estaba hablando, cómo llegar a la calle. El cabrón de Koldo había cotilleado el nombre que aparecía en la pantalla del móvil de nuestro conductor.
-Puskin. Strada Puskin, volvió a insitir Koldo al conductor, ya que esa avenida
estaba muy cerca del hostal y en la aplicación del móvil parecía que era una calle principal de la ciudad.

Andrei, obviamente, no entendía nada de lo que le decíamos. Seguramente ni entendía la pronunciación que hacíamos de la calle a dónde nos dirigíamos. El idioma nos estaba superando y tan sólo hacía veinte minutos que habíamos aterrizado. Lo único que hablamos con alguien fue en la jardinera del avión a la terminal de pasajeros y lo hicimos en español y porque un chico nos oyó hablar sobre la ciudad y nos dijo que “era muy bonita, pero muy sucia” en un perfecto castellano, ya que vivió varios años en Madrid según nos comentó.

Tras unos diez minutos de espera, por fin el taxista reanudó la marcha. Apagó la luz que iluminaba el asiento del conductor, se guardó las gafas de ver en su funda, el móvil en el bolsillo y con unos leves aspavientos continuó la marcha. Mantuvimos la calma durante los quince minutos que tardamos en acercarnos a la ciudad. Mientras, recorríamos el bulevar de la Dacia iluminado en su mediana durante todo el recorrido. Por la ventanilla podíamos atisbar lo que nos encontraríamos al día siguiente, cuando pudiéramos ver la ciudad a pleno día: unos bloques de hormigón grises prefabricados que dieron alojamiento a todas las personas que emigraron del campo a la ciudad en los años de la Unión Soviética; calles principales muy anchas, tan anchas que llegaban a los cuatro carriles por sentido con jardines en su flancos. Quince minutos de contemplar la peculiar arquitectura de la ciudad. O lo poco que podíamos ver con la escasa iluminación. Con otro ojo, la mirada puesta en el mapa del móvil.

Nos movimos casi diez kilómetros hasta que desembocamos en la calle Stefan cel Mare si Sfint. Desde ahí hasta nuestro alojamiento tan sólo nos separaba un kilómetro y medio. «En un par de kilómetro hemos llegado», me anunció Koldo en un gesto de tener todo bajo control. El tiempo seguía pasando.

-Mira. Me dijo minutos después. –Creo que el taxista se ha equivocado. Miré rápido la aplicación y vi que estábamos bajando poco a poco hacia otro lado de la ciudad.
-¿Le decimos algo?, comenté con cierta preocupación.
-Espera a ver dónde nos lleva. Puede que haya otro camino mejor.
-Bueno. El precio será el mismo, comenté.

De repente, sin ninguna frontera previa, los grandes bloques de pisos que vimos a la entrada de la ciudad se transformaron en bloques más descuidados. De aquellas moles de hormigón que traspasaban con facilidad las veinte alturas habíamos pasado a edificios más modestos, con puertas de madera en algunos casos derruidas y en otras entre abiertas y sin luces en el portal. De la mastodóntica avenida con varios carriles en cada sentido tan sólo quedaba uno en cada sentido y con coches de los años 80 aparcados junto a una acera de hormigón roto. La mediana cuidada con jardines y con iluminación en el medio de la calle tampoco existía ya. Unas farolas corroídas por el óxido iluminaban como podían aquellas calles. Una luz tenue que nos adentraba en las profundidades de Chisinau.

-¿Es aquí donde nos has alojado?, pregunté ya sin disimular mi preocupación.
-Te juro que no. Estábamos en el centro. Pero nos hemos desviado mogollón, contestó Koldobita rápido.
-Di algo al taxista. Enséñale la aplicación.
-Espera a ver dónde nos lleva.

Seguimos avanzando y ya no había bloques de casas. En su lugar nos adentramos por unos callejones. Unas casas bajas flanqueaban la calle, donde unos gatos cruzaban sin preocuparse por tráfico alguno, ya que a medianoche raro es el vehículo que se adentra en aquel rincón de la ciudad. Mucho menos dos turistas con sus mochilas al hombro. Habíamos pasado el City Park Hotel y el Zarea Hotel que, por supuesto no aparecían en ninguna guía de viaje y seguramente no destacaban por dar un gran servicio. Pero sin duda, ahora deseábamos estar en uno de ellos.

Koldo ya no podía más. No lo decía pero se le veía un poco angustiado. Aunque yo le creía un poco inconsciente, él también deseaba dejar su mochila en el hostal y fumarse un cigarro en su puerta. “Stop, stop. Strada Puskin”, espetó al conductor, quien le levantó el brazo y siguió su camino como si nada.

-No tengo ni idea de dónde estamos. Nuestra calle está muchísimo más atrás, me dijo sin ocultar ninguna información.

Las señales de tráfico son universales. La que había a la entrada de esta calle de la cual no recuerdo su nombre era muy clara. Calle sin salida. Al fondo se vislumbraban varios edificios que formaban un fondo de saco y en último lugar cuatro personas que tenían pinta de estar fumando algo más que un simple cigarro. “Que no se pare aquí, que no se
pare aquí”, pensaba.

-Koldo, ve pensando un plan B.
-Tranquilo. Si se para cogemos las mochilas y nos vamos andando.
-¿Qué coño dices?, estamos a dos kilómetros o más. Es medianoche.
-¿Qué prefieres? ¿Quedarnos en este callejón sin salida?

Andrei se detuvo. Paró el motor de su coche -no recuerdo el modelo-. Quitó las llaves del contacto y se bajó. Ahí andaba, un tanto enchepado, con su boina de los años 70, dirección a aquella cuadrilla. Dos farolas de luz amarilla titilaban en la plaza sin salida. La tecnología led aún quedaba lejos de Moldavia.

-Me voy a desabrochar el cinturón, solté acojonado.
-Yo me lo he quitado en cuanto se comenzó a desviar, desveló Koldo.

Mi cara pálida debió alumbrar toda la zona. Sin saber cómo responder ante aquella situación Koldo me dijo que me olvidara ya de la mochila, que el dinero y la documentación la teníamos en la riñonera. Que en caso de máxima urgencia saliéramos corriendo sin mirar atrás. Ya habría tiempo de comprar ropa al día siguiente.

-¿Nos vamos ya?
-Espera a ver qué nos depara esto.

Los dos minutos que nuestro taxista tardó en volver al coche parecieron veinte. O treinta. Mi capacidad temporal había desaparecido. Mientras se acercaba tras hablar con aquellas personas en el callejón no hacía más que mirar a Koldo, que el muy mamón ya tenía agarrado el tirador de la puerta para salir ante cualquier eventualidad. El hombre entró tranquilo, dispuesto a entregarnos a los secuestradores con lo que allí había. Sin duda, este señor debía de pertenecer a la banda de Denis. Ahora todo cobraba sentido. Mi viaje a Chisinau había terminado allí.

¿Seguir en el coche o salir pitando? De momento aguantamos. Mientras no sacara una pistola o un cadáver del maletero nos quedaríamos. De pronto, Andrei nos hizo un gesto para que cogiéramos algo de una especie de falso techo del automóvil.

-¿Cómo?, balbuceé.
-Te está pidiendo que le cojas algo, me dijo Koldo.

Sin poder reaccionar agarré lo primero que vi que resultó ser una bolsa con ropa. El conductor, al ver aquello, alzó un poco la voz para que me diera cuenta de que eso no era lo que estaba pidiendo. Al lado había un mapa de la ciudad en tamaño A-4, una especie de guía Michelin pero de Moldavia y de los años de la URSS. Nuestros ojos no daban crédito a lo que veían. El conductor sacó sus gafas de la funda, se las puso, dio la luz y por fin vimos en su rostro rojizo y un tanto arrugado lo que estaba pasando. ¡Se había perdido! ¡Desde la salida del aeropuerto no tenía ni idea de cómo llegar al lugar que le habíamos indicado! Sirviéndose de un mapa con colorines verde y rojo que dibujaba una perfecta cuadrícula de los barrios nuevos de la ciudad, nuevos de los años 60, intentó guiarse.

-En cuanto nos saque a una calle principal nos bajamos y vamos andando, me
dijo Koldo ya cansado del taxi. Ya sólo quería fumarse un cigarro.

“¡Payalsta!”, se despidió el taxista tras pararle de manera abrupta en cuanto entramos en la calle Puskin, la única que teníamos localizada en la ciudad. Le pagamos con 200 leus moldavos, que al cambio eran 10 euros, una cantidad grande para un país donde el salario medio son unos 200. Al rato comprendimos que aquel señor, seguramente, no recibía ninguna pensión del Estado después de toda una vida trabajando y que su taxi era su medio de subsistencia. Además, la expresión ‘payalsta’ no pertenecía al moldavo ni al rumano, lo que nos indicaba que su procedencia podría ser de Rusia o Ucrania. No quisimos preguntarle. Sólo queríamos dejarle atrás. Tras esa sensación extraña entre la euforia y el acongoje nos apenamos un poco. Andrei lo único que quería era dejarnos en la puerta del hostal. Pero no lo consiguió.

-¡This is the real Chisinau!, gritó Koldobita con su cigarro ya en la mano.

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