Cap. 4: Perro en la habitación

retro moldova hostel

The Real Chisinau, rozando la media noche, no distaba mucho de cualquier barrio de la periferia sur de Madrid. Cuatro farolas mal encendidas y un cartel de neón rojo y negro anunciando la entrada del TipTop Hotel. Uno de esos locales que bien podría hacer las veces de alojamiento turístico y familiar, bien alegraba los encuentros a las parejas de Chisinau. Entretanto, un poco de neblina completaba la escena. Gente, ninguna. Coches, tampoco.

No había dudas. Maps.me nos indicaba que, cruzando un par de manzanas con sus respectivos parques interiores, se encontraba nuestro hostal. Pese a que el ambiente y el susto de antes no invitaban a meterse entre callejones, era eso o deambular por la ciudad hasta encontrar otro camino entre aquellos bloques de hormigón ya erosionado por el paso del tiempo. Los edificios que daban alojamiento en masa no dejaban pasar hacia sus interiores la poca luz de las calles principales.

Antes de viajar todos tenemos ciertos prejuicios de allá dónde vamos. La mayoría de las veces desaparecen. Los miedos los dejamos atrás, como la aventura con nuestro taxista del aeropuerto. «La mayoría de la gente es buena y se intenta ganar la vida como puede», me dijo Koldo días antes de partir. Pero por mucho que me los intentara quitar, no ayuda caminar entre callejuelas de noche por aquella ciudad. Más aún cuándo de fondo se escuchaba gente gritar.

No sé cuántos parques cruzamos ni cuántas vueltas dimos hasta que finalmente nos encontramos con una mujer que no sabíamos lo que estaría haciendo a esas horas por la calle. «Hostel», le espetó Koldo sin tiempo a que ella descubriera quiénes éramos. Con cara encrespada nos señaló hacia el interior de una de aquellas especies de urbanizaciones al estilo soviético. Grandes bloques de pisos, aunque estos eran de cinco o seis alturas, muy sobrios, sin grandes exageraciones, con los portales en el interior de la calle y, en medio, un pequeño parque para el uso comunal. El poco cuidado que tenía la zona común de nuestro alojamiento lo había convertido en un descampado de hierba sin cortar, con unos columpios oxidados y, para mi estupefacción, había un coche abandonado y medio desguazado. Pero no todo era decadente, a la mañana siguiente pudimos comprobar que aún se hacía vida allí, con mujeres tendiendo la ropa en unas cuerdas atadas a sendos árboles.

En la puerta del Retro Moldova Hostel, una tabla de madera pintada de azul mal puesta, nada indicaba que allí había un alojamiento. Justo en la entrada, una persona de aspecto joven, cerveza en mano. Le preguntamos que teníamos que hacer el check in creyendo que era el portero que estaría esperando a dos muchachos de España que tendrían que llegar en algún momento de la noche, a lo que nos respondió con acento teutón que él estaba alojado allí y que no sabía si a estas horas abría alguien que nos pudiera atender. Así que directamente nos abrió la puerta con su llave. Paul de primeras tenía que avisar a Marcus, la persona responsable de ¿un poco todo el hostal? Mientras aparecía el tal Marcus, -¿o quizá era Marcel?- nos sentamos en el sofá de la entrada a esperar acontecimientos.

-Pues ale. A dormir en el sofá del pasillo, dije a Koldo.

Resulta que Paul era de Polonia. Tenía veintitantos y ya no recuerdo si era estudiante o trabajaba. Lo único seguro es que tenía mucho tiempo libre. Llevaba unas semanas viajando por Europa del Este. Sólo, con su mochila, sus cervezas y sus cigarros nos contó que era algo muy habitual entre chicos de su edad. Nosotros éramos más o menos coetáneos y no conocíamos a nadie que se dedicara en exclusiva a ir con su mochila sólo por el mundo. Aunque Chisinau había sido hostil con nosotros, nos dijo que la ciudad no estaba mal. Sin una Lonely Planet u otra guía del estilo nos contó que lo mejor era andar por la ciudad más allá del arco del triunfo y de la calle principal, Bulevardul Ștefan cel Mare și Sfînt, y tomar beres a menos de 80 céntimos de euro. A día de hoy creo que el motivo de su viaje era probar todas las cervezas del Este.

Mientras nos explicaba sus aventuras, fumando un cigarro tras otro, a lo que Koldobita también respondía, desde la calle se escucha a alguien roncar. De pronto la ciudad no parecía tan terrible. Tras la ventana que daba al parque interior de los bloques de pisos se veían cuatro literas y un pequeño pasillo con un ordenador encendido. Por suerte las camas estaban en una habitación y no en medio del alojamiento. A la entrada, el sofá de tres plazas con una funda que, por razones obvias, no había sido comprada la semana anterior. De vez en cuando Paul interrumpía su relato a gritos de ¡Marcel! -o era Marcus-.

-He estado en la parada de autobuses mirando posibles destinos y creo que mañana iré al monasterio de Oheiul Vechi. Es un poco lioso pero he leído a otros viajeros y más o menos tengo claro como llegar, nos adelantó Paul sus planes para el día siguiente.
-No te acompañamos que tenemos que descansar un poco del viaje. Pero ya nos cuentas cuando vuelvas cómo fuiste que es un sitio al que vamos a ir, contestó Koldo sin ganas de ponerse a hacer autostop con su nuevo amigo.

Rondando la una de la madrugada apareció el tal Marcus Marcel de la nada. Literalmente. Se abrió una trampilla en el suelo y de unas escaleras apareció. El señor era parco en palabras. Estaba un poco cabreado por haber tenido que salir de su zulo subterráneo tan entrada la noche. Desde fuera no se veía ese habitáculo muy confortable. No tendría ni cédula de habitabilidad. Hablaba mejor inglés que Paul. Y que yo, por descontado. No era de Europa del Este. Aunque nunca llegamos a entablar una conversación con él más allá del registro de entrada dedujimos que ni siquiera europeo. Alomejor una persona de las que van viajando por el mundo alojándose gratis a cambio de trabajar para el hostal. Una vez que nos cobró la estancia por anticipado, no volvimos a saber de él. «En los hostales funciona así. Te pillan el dinero una vez que entras por si no te gusta y te vas», me explicó Koldo. Al precio que nos costó la habitación compartida y sin baño, unos seis euros la noche al cambio, podríamos haber ido casi a los que quisiéramos.

La casualidad hizo que nada más darnos las llaves apareciera una señora de mediana edad, sin cara de haber salido de un habitáculo bajo tierra de dos por dos metros. Sin duda era la dueña.

-¡Hola chicos!, se dirigió a nosotros en modo de bienvenida un inglés muy básico. -¡Bienvenidos a Chisinau! ¿Qué tal el viaje?

Una introducción protocolaria y canónica. Tras decirla que nos habíamos perdido y que por eso habíamos llegado tan tarde, nos hizo una visita por su hostal. Pasillo, cocina a la entrada en la primera puerta a la izquierda -que jamás íbamos a utilizar- equipada con los electrodomésticos básicos, una mesa y dos sillas de madera; dos baños, uno en la parte izquierda del pasillo y otro, donde una persona de casi metro noventa golpearía sentado en la taza del inodoro con sus rodillas la puerta; y lo más importante, tres habitaciones con sus correspondientes literas y cajones. Abrió la nuestra, la misma que veíamos desde la calle, dio la luz sin importarle en absoluto el chico joven que se estaba durmiendo en un sofá pese a que había camas libres.

-Koldo, ¿qué hace ese durmiendo en el sofá?, le dije en voz baja, como si la dueña nos fuera a entender.
-No sé, esto es muy raro, me contestó en el mismo tono susurrante. -Primero sale uno debajo del suelo, luego llega la dueña… ahora este chico.

Ya instalados cada uno en nuestra litera me fijé en otro detalle:

-¿Te has dado cuenta que también hay un perro en el sofá?
-Vaya sin Dios, contestó Koldo. -Vaya sin Dios

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