Cap. 2: ¡No problema!

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Siete días antes de nuestra partida, una huelga de personal de seguridad del aeropuerto hizo que Koldobika se plantara en Barajas tres horas antes de la salida del avión. Koldo estaba convencido de que si no llegaba con tanta antelación habría problemas para coger el vuelo que le llevaría a Chisinau previo paso por Bucarest. Por mi parte, en mi continua búsqueda por controlar todo lo incontrolable, llevaba leyendo semanas acerca de los países que visitaría. Mis investigaciones, un tanto macabras, se centraron en lecturas de blogs poco fiables sobre el riesgo de secuestro o de tráfico de órganos. Lo único que conocía de Europa del Este es lo que había leído en libros y visto en las noticias. En mi mente se había construido un escenario donde las aceras estaban rotas, la gente conducía coches de los años 60 y los cables del teléfono y de la luz colgarían por encima de las calles. Esta idea se acentuaba cuando la página web del Ministerio de Exteriores alertaba de los peligros: evitar aglomeraciones, robos, que te registres en el consulado y, sobre todo, que no te acercaras al Este, a Transnistria.

Pero ya no había vuelta atrás, En la mochila me metí un abrigo fino -que jamás volvería a ver-, una sudadera, un pantalón vaquero, otro de montaña, seis pares de calcetines, seis camisetas, un pijama y siete mudas limpias. Quizá demasiado previsor. Uno nunca puede saber si tendría que visitar asiduamente los baños de los albergues donde dormiría. Antes de dormirme volví a repasar algunos datos históricos. Moldavia era un país que hacía frontera al Oeste con Rumanía y al Este con Ucrania. En la actualidad ocupa una parte de la antigua región de Besarabia y más anteriormente fue parte de la Dacia. Allí viven casi tres millones de personas -¡tres millones! ¡Cuándo sólo en Madrid ciudad ya residen más!- y su principal río es el Dniéster. Tiene una longitud de 1.352 kilómetros y desemboca en el Mar Negro.

También sabía que Moldavia, junto con Albania, era el país pobre de Europa. El leu moldavo se cambiaba 20 a 1 y fuera de Chisinau los rudos campesinos se ganaban la vida labrando el campo de sol a sol. Lo que más me preocupada, aparte de sufrir un robo en la calle, ser secuestrado o ser objetivo del tráfico de órganos, era el fin de este viaje, visitar Tiraspol, la
capital de Transnistria. Y volví a repasar mentalmente que este territorio está ubicado entre la orilla oriental del Dniéster y la frontera con Ucrania. La zona del Trandniéster. Después de la disolución de la Unión Soviética comenzaron unas hostilidades entre Transnistria, prorusa, y el gobierno moldavo. En 1992 se produjo una guerra que duró tres meses y dejó unos 1.500 muertos. Tras ello se fundó de manera oficiosa la República Moldava Pridnestroviana, o lo que es lo mismo, un territorio que funciona como estado independiente de Moldavia, apoyado por Rusia, con su Gobierno, sus leyes y su moneda, el rublo transnistrio. Eso sí, sin
reconocimiento internacional alguno excepto por otros estados no oficiales como Abjasia, Osetia del Sur y Nagorno Karabaj. Por supuesto, tenía claro que España ni Europa ofrecían apoyo a ningún turista. Visitar Tiraspol me suponía entrar en tierra hostil a todos los efectos.

Aunque Tiraspol no sale en la Lonely Planet ni en ninguna otra guía de viaje, existen muchas fotos de la ciudad en internet, con sus anchas avenidas soviéticas y sus piezas de museo al aire libre, como un tanque, hoces y martillos por toda la urbe y la flamante estatua de Lenin que preside la entrada al Parlamento transnistrio. Koldo me había explicado bien su fórmula política. El país es gobernado por un parlamento unicameral conformado por 43 diputados, los cuales eligen a su presidente por cinco años. El actual presidente es Vadim Krasnoselsky, del partido República, que tiene 42 diputados. El restante es el del partido Renovación, de tendencia liberal-capitalista. También sabía que la gran empresa del país, Sheriff, dominaba de facto todo el territorio, proveyendo tanto de gasolina como de alimentos a la población. Además, me advirtió que si hablaba con algún oriundo tendría que ser en ruso. Eran tan rusos que en recibían la energía gratis que les regalaba Putin por mantenerse fieles a él.

Koldo tenía experiencia en viajes no organizados. Hacía dos años se había recorrido toda Rusia desde Moscú a Ulan Bator, atravesando Mongolia para llegar a Pekín. Sólo con un billete de ida desde Madrid y uno de vuelta desde China, en un recorrido que le llevó alrededor de dos meses y medio. Tras haber hecho autostop, haberse perdido en el lago Baikal y haber sido retenido por las autoridades mongolas, visitar Tiraspol era como irse de vacaciones a Benidorm con el Imserso.

El día de partida, mientras Koldo ya había pasado el control de seguridad sin ningún problema ni ningún piquete de huelga por los alrededores, yo estaba perdido en los autobuses de Madrid, sin saber muy bien cuál iba al aeropuerto. Aunque lo había mirado en Google Maps y había contrastado dicha información en la página oficial de la Empresa Municipal de Transportes, a mitad de viaje en el autobús 101 que cogí en Canillejas, muy cerca de mi nuevo barrio, decidí bajarme porque no me fiaba de los indicadores de dentro. “Bien empezamos”, pensé cuando me dio cuenta de que había hecho el tonto. “Y todavía estoy en Madrid”, volví a repetirme.

Las 10 am. A dos horas para que saliera nuestro vuelo ya habíamos cruzado el control principal, el de pasaportes y habíamos visto en las pantallas informativas desde que puerta salía nuestro vuelo. Media hora más tarde ya habíamos desayunado un menú gigante del McDonalds por doce euros, con nuggets de pollo y refresco incluido.

– ¿Este avión vuela?, me preguntó Koldo, sin ocultar su miedo a volar.
– Pues no lo sé. Nunca había oído hablar de esta compañía rumana. Ojalá que los reposacabezas sean de ganchillo y la gente viaje con gallinas, bromeé, dado que también tengo cierto respeto a volar.

Con la hamburguesa matutina haciendo estragos en mi estómago, acostumbrado a desayunos de compuestos por unas unas galletas integrales Hacendado la mayoría de los días con el tradicional café con leche de máquina Nespresso, comenzamos a maquinar lo que haríamos al llegar a Bucarest, destino de nuestra primera escala. El plan era sencillo, coger un taxi para tomarnos una cerveza en el centro. Mientras esperábamos al embarque en el 737-800 NG de Tarom que nos llevaría hasta Rumanía también se me ocurrió que debería comprar un imán para la nevera de casa. «Máxima importancia», me dije para mí mismo.

El aparato tenía ocho meses de antigüedad. Así que las pequeñas turbulencias del vuelo mientras sobrevolábamos los Balcanes no me produjeron demasiado impacto. Tan sólo estaba decepcionado porque no hubiera ganchillo en los reposacabezas. Además, nos habían ofrecido agua, cerveza y vino gratis -a elegir-, acompañado de un bollito tradicional rumano, del cuál a día de hoy aún desconozco su nombre. Tenía queso. Pero sigo sin saber qué le otorgaba ese toque entre ácido y amargo. Por delante teníamos tres horas en Bucarest. De allí sólo conocíamos los estereotipos que durante cuatro años nos había contando un rumano de nuestra ciudad. «Buen vino y buenas mujeres», nos decía una y otra vez.

Nosotros no buscábamos ni lo uno ni lo otro. Así que olvidando sus palabras nos dirigimos hacia la zona de taxis para acercarnos al centro de la ciudad, ese ente que los turistas denominan la zona comercial de todas las ciudades que visitan en un par de horas. El precio medio desde el aeropuerto de Bucarest hasta el centro rondaba unos diez euros, según las páginas oficiales que habíamos consultado.

– Mi línea roja para este viaje será no coger un taxi sin licencia, recordé a Koldo nada más aterrizar. Una premisa que llevaba repitiendo durante dos meses.
– Tú tranquilo. Cuando tengas que parar un coche porque no haya más remedio lo harás con toda naturalidad, sin darte cuenta, me respondía todas las veces.

La zona de taxis del aeropuerto parecía una calle del barrio de Huertas una media noche de un fin de semana cualquiera. En vez de taxistas parecían relaciones públicas deseosos de captar a un cliente. Como no había tiempo que perder, aunque al centro se podía ir en autobús por unos ocho leis rumanos -cerca de 1,50 euros-, decidimos pactar un precio cerrado con un conductor.

-How much does it cost to go downtown?, preguntamos esforzándonos por hablar bien inglés, olvidando que casi nadie en Europa habla bien inglés, incluidos los españoles.
-Yes yes, to the city center!, exclamaba el taxista con una gran sonrisa
-How much is it?, insistimos.
-Mmmm…. 20 euros, contestó el conductor cuando ya estaba metiendo las mochilas dentro del maletero.

Aunque sabíamos que nos había aumentado el precio en unos diez euros, decidimos no regatear sabiendo que o cogíamos el taxi o esperaríamos dos horas y media en el aeropuerto a la salida del vuelo a Chisinau. O bien tumbados en un banco en los alrededores de Otopeni.

-¿Sois turistas?, acertó a preguntar el taxista en un inglés macarrónico, justo el
que teníamos nosotros aunque las palabras en rumano que introducía en cada
frase hacía una conversación un poco complicada.
-Sí, sí, de España
-Oh, España… Madrid o Barcelona
-Madrid, Madrid…
-Oh, ¡Real Madrid! ¡Zinedine Zidane!
-Bueno… esta temporada ha sido muy mala. No se ha ganado nada… los
jugadores no han corrido…, me lancé con el propósito de hablar de algo
durante la media hora de trayecto en taxi, sin obtener una respuesta coherente.
-¿A dónde vais?
-Al centro. Tenemos poco tiempo. Daremos una vuelta y luego volveremos al
aeropuerto.
-¿No os quedáis aquí? ¿A dónde vais?
-A Chisinau, tenemos dos horas y media hasta que salga nuestro avión.
-Oh, no problema, no problema.
-Yo soy de fiar y si os fiáis de mí os llevo rápido y os recojo en el mismo sitio
donde os deje.
-Bueno… no te preocupes. Paramos un taxi en la calle. No hace falta que nos
esperes
-No problema, no problema. Podéis dejar las mochilas en el coche que yo os las
cuido. No problema, no problema, volvió a sonreír el taxista, más aún cuando
llegamos a la altura del arco del triunfo, “igualito que el de los Campos Elíseos
de París”, mientras alababa las bondades que según él, había traído la Unión
Europea.

La verdad era que Bucarest no deparaba nada de lo que no podía encontrar en otras capitales europeas. Su aire afrancesado no distaba mucho de Bruselas con sus anchos bulevares peatonales y adoquinados, sus cafés estilo parisinos y los palacetes. No había ningún rastro de aquella ciudad decadente de la que estaba acostumbrado a escuchar en la ciudad donde me habría criado antes de mudarme a la capital. Con una comunidad rumana de unas 8.000 personas antes de la crisis económica española de 2008, todos los inmigrantes que habían llegado en busca de un futuro mejor coincidían en que era un país y una ciudad decadente, sin oportunidades y extremadamente pobre. Claro está, que en dos horas y sin salir del centro histórico, poco se puede saber de allá a dónde viajas.

Mientras el taxi avanzaba por las anchas avenidas que conectaban los barrios exteriores con el centro de la ciudad, mientras atravesábamos banderas y más banderas de la Unión Europea y de Rumanía, Koldo y yo ya habíamos planeado nuestra corta estancia en Bucarest. Se podía resumir en ver muy rápido el centro, por supuesto, sin saber lo que veríamos, cuales japoneses en Madrid, tomarnos una cerveza y comprar el dichoso imán para la nevera.

-Y bajar al río, espetó Koldo muy decidido y obsesionado con fotografiarse en el Dâmbovita. Por supuesto, en aquel momento él no sabía ni su nombre. Lo miramos después en el WiFi del aeropuerto.
-No nos da tiempo, olvídate, intenté disuadirle
-Que no coño, insistió.
-¿Pero qué tienes tú con los ríos?
-Los ríos de Europa del Este son todos enormes. ¿No has visto el Danubio o el Rin?

Tras al pagar al taxista y, pese a la mucha insistencia de su chófer y guía turístico improvisado de dejar las mochilas en su coche, le dimos 20 euros en metálico, dado que dispuesto a elegir, él prefería moneda extranjera a los leis rumanos. Hora y cuarto más tarde fue la hora que fijamos para nuestra recogida frente al Palacio CEC. Como descubrí un par de meses después al ojear las fotos que habíamos tomado, se trataba de la sede del Banco de Ahorros Nacional. Así que allí se quedó el taxista, con cuatro billetes de cinco euros. Impasible durante más de una hora.

Con las mochilas al hombro, como dos guiris ingleses en Madrid, comenzamos a fotografiar todo lo que veíamos. La iglesia Stavropoleos fue lo único que logramos identificar con los escasos datos móviles que recibíamos pese a que el roaming en la Unión Europea ya había desaparecido. Aún así, el tiempo apremiaba y según la aplicación Maps.me, que funciona sin datos móviles el río nos esperaba calle abajo. Mientras caminábamos acelerados no pudimos dejar fijarnos en la cantidad de prostíbulos, para nada ocultos, que había en la zona del centro de la ciudad. Allá donde mirábamos había uno, con carteles bien explícitos. Habíamos leído que Bucarest era una ciudad con mucho ambiente, donde no estaba prohibido fumar en sitios cerrados, donde el alcohol era muy barato y donde en los locales que no llegaban a cerrar corría la droga. No obstante, los prostíbulos en la calle sólo nos los esperábamos del barrio rojo de Ámsterdam. Aquí el barrio rojo era todo el centro de la ciudad.

Entre prostíbulos, guiris con cámaras de foto réflex en mano y bares al más estilo europeo compramos en primer lugar un imán cutre para la nevera. Tarea muy fácil dada la cantidad de tiendas de souvenirs. El único problema, tenerlo que comprar en la primera tienda, ya que Koldo rompió uno al caérsele al suelo.

-No problema. Comprad otros. No problema, nos dijo la dueña.
-Compramos cualquiera y así no nos pegarán una paliza, comentó Koldo.
-Cabrón, si le has roto tú. No hemos llegado a Moldavia y ya nos van a partir
las piernas, bromeé aunque algo en serio.

No obstante, el primer gran logro en Europa del Este estaba por llegar. Koldo quería visitar todos los ríos del Este. Y estaba a punto de conseguir el primero. El majestuoso río de Bucarest. Sería la primera conquista, aquella foto que marcaría ese momento, el gran recuerdo de Bucarest, mucho más que la visita que no podían hacer al Palacio del Parlamento de Ceausescu, el segundo edificio administrativo más grande del mundo según Wikipedia, sólo por detrás del Pentágono de Estados Unidos. La realidad: un riachuelo, el Dâmbovița, canalizado a imagen y semejanza del Manzanares a su paso por la M-30 en Madrid.

-Vaya puta mierda, manifesté, totalmente decepcionado pese a que no tenía ninguna esperanza de encontrar nada grandilocuente allí.
-Calla, es un río europeo, contestó Koldobita. Y sin importarle que no fuera tan ancho como el Danubio o el Rin ni tan largo como el Nilo, se apresuró a encenderse un cigarrillo, mirar al horizonte y disfrutar de una tradición que, según él, había que hacer en todas las ciudades donde viajaba: disfrutar de un cigarro en su río. Un par de años después, dejó de fumar. Desconozco si sigue son esa tradición.

Sin tiempo que perder recorrimos el camino inverso en busca de algún mici, unos rollitos de carne picada de cordero con especies que se cocinan a la parrilla con mostaza. Conocíamos los mici de cuando trabajamos en una caseta en las fiestas de nuestra ciudad dado que muchos rumanos entraban pidiendo aquel plato típico. Por supuesto, nunca mostramos ningún interés en aprender a prepararlos. Bastante habíamos tenido que hacer con vender salchichas veganas.

Los ritmos fuera de España son totalmente distintos. Es algo a lo que nunca me acostumbro cuando viajo al extranjero. Todo el bullicio y las prisas en los bares y restaurantes casi no existen más allá de los Pirineos. Al igual que las persianas. De ahí su impaciencia con el plato de comida de un árabe que finalmente pedimos y que nunca llegaba.

-Nos quedan 30 minutos para ir con nuestro taxista, vamos muy bien de tiempo.
-Nos quedan 20 minutos, habrá que comer deprisa.
-Nos quedan 10 minutos. ¡Vamos, cómete esto ya!

Nos apresuramos a ingerir una carne a la parrilla bastante rica, acompañado por pimiento y arroz. Con el pan aún en la mano, llegamos donde nuestro chófer que tal y como había dicho nos estaba esperando ansioso de recaudar otros cuatro billetes de cinco euros. Aunque esta vez, con la lección aprendida de la ida, teníamos un plan para pagar la tarifa estipulada en el lateral del taxi y no otros 20 ‘pavos’.

-¡Hola amigos! ¡Vamos vamos que no llegamos!

Con dos horas para que saliera el vuelo, tiempo suficiente hasta en el aeropuerto más transitado del mundo, Dan el taxista, como le bautizamos porque sí y sin ninguna explicación, emprendió un viaje vertiginoso por las calles de Bucarest. Antes nos había señalado algunos monumentos de importancia mientras nos acercaba al centro de la ciudad. Ahora parecía un piloto de carreras. Sólo le faltaban los guantes y el casco.

-Tío, ¿va por las vías del tranvía o me lo parece a mí?, me preguntó Koldo. un poco
atónito.
-¡Mirad, I am de tranvía!-, reía Dan mientras ponía en serio peligro la integridad de su taxi y las de sus pasajeros. Eso sí, con el cinturón de seguridad puesto.

Mientras urdíamos nuestro plan de pago nos dimos cuenta de que en 15 minutos habíamos llegado casi a la entrada del aeropuerto. Y eso que Dan nos había dicho que para volver era necesario dar un rodeo porque la avenida principal de entrada a Bucarest sólo era de un sentido.

-¡A 160 se llega a todos los sitios rápidos!, volvió a sonreír.
-Bueno amigos, 20 euros. Pero el billete de cinco que me distéis antes no vale porque está roto y en la casa de cambio no me lo cogen, es lo que el taxista les comentó en un inglés turístico.
-Tenemos un pequeño problema, contesté. -Sólo nos quedan 10 euros. Si es
poco podemos darte 10 leis rumanos más.
-¡Amigos! ¡No problema! ¡No problema!-, replicó Dan muy contento mientras sacaba de la guantera de su coche un datáfono ante nuestra incredulidad. Por supuesto, volvimos a pagar veinte euros.

Yo intentaba ocultar mi ansiedad que me recorría el cuerpo. A los nervios típicos de cualquier viaje se le sumaban los de la salida de su zona de confort, de mi miedo a lo desconocido y de todo lo que había leído sobre la seguridad de Moldavia, Ucrania, y sobre todo, Transnistria. Lo había repasado una y otra vez: no aparentar por la calle, llevar siempre el pasaporte y el dinero en la riñonera por si me robaban la cartera. Si un policía o militar me pedía la documentación no tenía que ponerme nervioso y en el albergue guardar todo bajo llave, ya que estaba obligado a dormir con personas desconocidas.

Además, me repetía que los 5.000 turistas que visitaron el país en 2018 volvieron a casa, no reportándose ningún desaparecido. Mi repaso del viaje que estaba por llegar hacía que no pasaran la hora y media que quedaba para embarcar en el ATR 42-500 que nos llevaría hasta Chisinau, un avión de hélices de 48 pasajeros. Un auténtico autobús volador.

Lo último que hice antes de subir al avión, beber agua no potable del cuarto de baño.

-¡Vaya tela!, resopló Koldo.

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