Cap. 1: Aeropuerto

aeropuerto-odesa-ucrania-transnistria

– ¡Arriba! вище!

Eso es lo único que pude entender en aquél momento.

– ¡Arriba! ¡Vamos! ¡Fuera! вище! ми йдемо! геть звідси!

Después de siete días por Europa del Este aún quedaban sorpresas en este viaje. Cuando por fin habíamos podido cruzar el exhaustivo control militar de seguridad en el aeropuerto de Odesa, o mejor dicho, de aquel hangar de la II Guerra Mundial, cuando por fin podíamos habernos recostado en una silla a la espera de su penúltimo vuelo de la jornada, cuando aún faltaban dos horas para el despegue, los militares que custodiaban aquel aeródromo, un grupo de militares irrumpió en la zona de embarque.

Era la una de la madrugada y si de normal no entendía nada de ucraniano, tras este sueño interrumpido, aún menos. Recostado sobre tres sillas de metal, con Koldobika detrás de mis pies, dormido profundamente, supe al instante que tenía que levantarme. Tras siete días de peripecias y de hacer malabarismos con el lenguaje, en este momento no hacía falta entender aquel idioma extraño para comprender que aquel grupo de militares eslavos nos estaba conduciendo hacia un callejón sin salida.

– Koldo. Creo que nos tenemos que levantar, apresuré a balbucear. dado que no llevaba dormido más de quince minutos.

– No. ¿Qué mierdas dices?, contestó él, con cara de llevar despierto cinco días.

– Que nos levantemos, respondí tajante.

Mientras todos los viajeros obedecían las órdenes de los militares del aeropuerto, nosotros seguíamos sin comprender lo que pasaba. Aunque Ucrania sea un país en guerra, la región del Donbáss se encontraba a unos 800 kilómetros, las noticias del frente en la prensa española habían desaparecido hacía casi cuatro años, prácticamente desde su estallido y en la frontera no nos habían puesto ningún problema al cruzar, más aún llegando desde Transnistria, un país que tan sólo es reconocido por Rusia y por Nagorno Karabaj, Osetia del Sur y Abjasia, territorios no registrados por la comunidad internacional.

Por mi cabeza sólo pasaba por obedecer las órdenes que en ucraniano recibía. Más aún cuando Koldo había vacilado un poco, inamovible, por si se trataba de la manera que tenían en Odesa de embarcar. Qué vas a hacer si no cuándo cinco militares, con sus subfusiles reglamentarios te conducen nada amablemente hacia la plataforma del aeropuerto. U haces caso o te la juegas a unas consecuencias aún peores que casi sería mejor no imaginar.

-¿Riga?, acerté a preguntar a una militar, perfectamente uniformada, con corte regio y sin ningún atisbo de vacilación en su semblante.

La única respuesta que obtuve fue un gesto de negación y unos aspavientos como queriendo decir, “venga, que no tenemos toda la noche para explicar a los dos únicos extranjeros que es lo que está pasando”.

Después de haber estado todo el día con la mochila a la espalda, tanto Koldo como yo nos habíamos propuesto descansar un par de horas hasta la salida de nuestro vuelo hacia Riga, la última parada antes de regresar a Madrid. En vez de eso, nos encontrábamos caminando en fila india, rodeados de personas que no sabían si, como nosotros, no entendían nada de lo que estaba ocurriendo o, por el contrario, era algo perfectamente normal, como otra especie de control de seguridad y se estaban riendo de nosotros ante nuestra cara de estupor.

Si era un control de seguridad distaba mucho de ello. Delante suya se abrió una puerta que daba directamente a la plataforma. Sobre Odesa caían en ese momento una llovizna muy suave. Era una situación perfecta para haberse conectado al WiFi del aeropuerto, haber encendido Spotify y haber puesto The End, de The Doors. Las mejores ideas siempre vienen a la mente tiempo después, recordaría tiempo después. Y allí, andando bastante rápido, unas cincuenta personas nos encontramos a la una y media de la madrugada entrando a una jardinera, esa especie de autobús que te acerca hasta tu avión. Sólo que esta vez no nos acercaría al avión.

Con todos los viajeros dentro y con una escolta militar fuera para que a nadie se le ocurriese salir corriendo hacia Dios sabe dónde, dos militares dieron la orden al conductor de arrancar. Por un momento pensamos que quizá sí nos llevaría hacia el avión, dado que se encontraba en medio de la plataforma del aeropuerto, con las luces de cabina encendidas. ¿Estarán introduciendo la ruta en el ordenador de a bordo? ¿Tan temprano? ¿O acaso la tripulación estará comiendo algo?, pensé acordándome de un comandante y copiloto que vio pasar por la zona de tripulación con dos bolsas de comida rápida. McDonald tiene conquistado el mundo.

Por lo menos habíamos tenido la suerte de ir sentados hacia la nada, dado que mientras la jardinera avanzaba, tanto los militares como el personal aeroportuario como el resto de viajeros hablaban en ucraniano con relativa calma. Una tranquilidad que era imposible tener. La adrenalina del momento había estimulado mi sistema nervioso central para generar cierta ansiedad con la que estar alerta. ¿Por qué no sabría ucraniano? Es una de tantas frases que te preguntas en momentos de cierta tensión. También podríamos saber ruso, ya que Ucrania fue parte de la Unión Soviética.

Por fin, tras unos interminables cinco minutos, o quizás dos, la jardinera se paró junto a un puesto regentado por cinco militares. Todos se subieron y se pusieron a charlar tranquilamente con sus colegas militares. Incluso el conductor se bajó y se encendió un cigarro. Frente a ellos, dos aviones. Uno, un B 737-500 de Air Baltic, con destino Riga, con comandante y copiloto devorando una hamburguesa del McDonald, o puede que introduciendo todos los datos necesarios en los sistemas para despegar rápidamente ante una eventual situación problemática, con pasajeros o sin ellos. El otro era un avión como otro cualquiera, ya que en ese momento sólo podía pensar en el mío. Detrás, a unos 800 metros de distancia, las luces de la terminal seguían iluminadas. Y, seguramente, la gente que no habría pasado el control de seguridad seguiría buscando un hueco donde acomodarse en ese hangar de mil metros cuadrados. O alomejor también habría sido llevado por personal militar fuera de él. Visto así, aquí no nos estamos mojando, pensamos bastante resignados ante la situación que estábamos viviendo y que quizá nunca llegaríamos a comprender.

El tiempo transcurría. Nadie decía nada. Nadie decía nada en español, inglés o en cualquier otro idioma entendible para mis oídos. Por lo menos teníamos nuestra mochilas. Tras idas y venidas durante esa semana, con ropa perdida que nunca volvería a ver, la mochila seguía intacta. Sucia, pero conmigo. Y tampoco volvieron a registrarla.

Dentro de ese calvario, nuestro viaje al Gólgota particular, el paquete de tabaco Sheriff que Koldo compró en Tiraspol, seguía intacto.

Un comentario en “Cap. 1: Aeropuerto

Deja un comentario

Las cookies nos permiten ofrecer nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies. Más información.

A %d blogueros les gusta esto: